Capítulo VII: El Canto del Viento
Gael y Uriel vivían en un rincón mágico de la Sierra Tarahumara, un lugar donde el viento no solo soplaba, sino que tenía una melodía antigua que susurraba secretos. Desde que encontraron una cueva misteriosa llena de dibujos antiguos y un chapareque, un instrumento musical ancestral, el viento parecía cantar con más fuerza. Gael podía oír la melodía en todo el pueblo de Wakajípare, en las hojas de los pinos, en el murmullo del río e incluso en el crujir de las piedras bajo sus pies. Algo había cambiado, algo lo llamaba a regresar a la cueva.
Un día, Gael le confesó a su amigo Uriel que sentía que algo había quedado sin resolver. “Necesitamos volver”, dijo con la mirada perdida en las montañas. Uriel, sabiendo que no podían ir solos, pensó en pedir ayuda. Y así fue como acudieron al maestro Diego, un hombre que había llegado recientemente al pueblo y que tenía una guitarra siempre a su lado. Diego no era como los demás; su mirada tranquila y profunda parecía guardar historias sin contar, y su padre, según decían, había tocado con los rarámuri, los guardianes de la música ancestral.
Al contarle a Diego sobre la canción del viento, el maestro se mostró sorprendido, pero enseguida recordó que su propio padre le había hablado de esa música. “Mi padre decía que solo aquellos con el don podían escucharla”, dijo Diego. “Si ustedes la escucharon, es porque la Sierra los ha elegido”. Y así, el maestro decidió unirse a la expedición.
Cuando llegaron a la cueva, el viento sopló con fuerza, como si reconociera a Diego. Los dibujos en las paredes eran aún más nítidos que antes, como si hubieran estado esperando su regreso. Gael, que ya había tenido una visión del pasado en la cueva, volvió a tocar los dibujos y vio a Yuri, un antiguo músico, tocando el chapareque bajo la luna llena, mientras el viento danzaba a su alrededor. “La canción del viento no es solo música”, dijo Gael. “Es un diálogo entre el hombre y el viento.”
Diego, con su guitarra, les enseñó a escuchar no solo las notas, sino el silencio que había entre ellas, el susurro que unía todo. Gael empezó a entender que cada vez que tocaba el chapareque, el viento parecía responderle, como si fuera parte de algo más grande. Uriel, por su parte, descubrió que su talento era diferente. No veía el pasado como Gael, pero podía sentir el ritmo de la tierra bajo sus pies, como si la naturaleza misma le hablara.
Las semanas pasaron y, tras muchos ensayos, llegó el gran día: “Hoy tocaremos la canción completa”, dijo Diego con solemnidad. Gael tomó el chapareque, Uriel se preparó para acompañarlo con el ritmo de sus pasos y Diego comenzó a tocar su guitarra. El viento comenzó a soplar suavemente, como si estuviera esperando el momento. Y cuando tocaron la primera nota, todo cambió. El aire se llenó de música, el río cantó, los árboles se inclinaron y el cielo se iluminó con un resplandor dorado. La Sierra parecía responder a la canción, como si la misma tierra estuviera participando en la melodía.
Cuando la última nota se desvaneció, un profundo silencio cubrió el claro. Los tres se miraron, sabiendo que habían sido parte de algo mucho más grande de lo que podían entender. La canción del viento había vuelto a la vida, y la Sierra había escuchado. Ahora, esa melodía seguiría viva, resonando en el viento para aquellos que supieran escucharla.
Lo que más me gustó fue cómo el viento no solo soplaba, sino que tenía una melodía llena de secretos. La conexión de los personajes con la naturaleza a través de la música y las tradiciones ancestrales le dio un toque mágico y profundo a la historia.
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