Capítulo 2: Los destellos de Gael



Los Destellos de Gael

¿Qué pasa cuando el mundo que te rodea no es lo que parece? Para Gael, cada ruina antigua es un portal a un pasado olvidado, y cada destello que ve lo conecta con algo mucho más grande que él mismo. En este capítulo, seguimos su viaje mientras descubre que no está solo en su capacidad de ver lo que otros no pueden. Los antiguos secretos de Paquimé no son solo fragmentos de historia; son recuerdos que lo eligen a él para ser el guardián de lo perdido.

Pero no es solo su don lo que lo hace diferente. En su camino, conocerá a Sofía, una compañera que verá en él algo más que un chico raro, y juntos descubrirán que el pasado y el presente están más entrelazados de lo que imaginan. ¿Está Gael preparado para asumir el peso de su destino? A medida que sus dibujos cobran vida y sus visiones lo guían, pronto se dará cuenta de que no solo está aprendiendo sobre historia, sino también sobre sí mismo.


Si a Gael le hubieran dado un peso por cada vez que una maestra le pidió que se quedara quieto, probablemente ya habría financiado su propia expedición arqueológica. Desde pequeño, su mente ha funcionado de manera distinta, brincando entre ideas, imágenes y sensaciones que nadie más parece notar.

En la escuela, eso lo hace destacar… pero no precisamente de la mejor manera. No encaja del todo, sus compañeros lo ven como “el raro”, y aunque sus padres intentan entenderlo, ni ellos pueden imaginar lo que es vivir con un pie en el presente y otro en el pasado.

Porque, sí, Gael ve cosas.

No es que tenga una imaginación hiperactiva ni que se distraiga fácilmente (bueno, tal vez un poco). Es que cuando se encuentra con ruinas, su mente activa un interruptor. De pronto, todo lo antiguo vuelve a la vida por un instante: los muros vuelven a erguirse, las calles se llenan de personas, y voces lejanas susurran historias que nadie recuerda.

Pero él no habla de esto con nadie. ¿Quién le creería?

Hasta que, en una excursión escolar, toca la pared de una construcción en ruinas y, en un destello, todo cambia. Ve una aldea antigua en su esplendor, con personas que se mueven entre las calles polvorientas y un mercado bullicioso. Una anciana lo mira directamente, como si lo reconociera.

—Tú eres el que recuerda —le dice con voz serena.

Gael parpadea, y la visión desaparece. Vuelve a estar en el presente, rodeado de compañeros que no han notado nada. Pero él sabe que algo dentro de él ha cambiado.

Esa noche, decide hacer algo que nunca había hecho antes: en lugar de ignorar lo que ve, empieza a dibujarlo. En su cuaderno, plasma los edificios que ha visto, los símbolos que ha memorizado, las figuras de un mundo olvidado.

Al día siguiente, mientras dibuja en el patio de la escuela, una compañera llamada Sofía se acerca.

—¿Qué es eso? —pregunta, observando con curiosidad.

Gael duda, pero al final le muestra su cuaderno. Para su sorpresa, Sofía no se ríe ni lo juzga.

—Es increíble —dice—. ¿Cómo hiciste esto?

Gael vacila un momento, pero decide confiar en ella.

—No lo inventé. Lo vi.

Sofía lo mira con interés, sin una pizca de burla.

—Entonces puedes ver el pasado.

Por primera vez en mucho tiempo, Gael siente que alguien lo comprende. Y, con esa comprensión, algo se libera dentro de él. Tal vez su don no sea una maldición, sino un regalo.

Reflexión final:
Todos tenemos algo que nos hace diferentes. A veces, lo que creemos que es una debilidad resulta ser nuestra mayor fortaleza. La historia de Gael nos recuerda que, en un mundo que prefiere lo común, lo extraordinario es lo que realmente deja huella.

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